Comentario Nº 123, 15 de octubre de 2003

      La victoria de Osama bin Laden

      Los ataques del 11 de Septiembre a las Torres Gemelas y al Pentágono se atribuyeron a Osama bin Laden y Al Qaeda, y se calificaron como actos de terrorismo. ¿Cuál es el significado del terrorismo? ¿Cuál es su objetivo? Se suelen definir como terroristas los actos dirigidos contra cierta categoría de víctimas con el objetivo de sembrar el terror, esto es, un miedo insuperable por parte de quienes pueden caer en esa categoría, y se llevan a cabo con la intención de que las eventuales víctimas cambien de comportamiento. En este caso las víctimas eran, genéricamente, civiles estadounidenses (sé que había en las Torres quienes no lo eran, pero eso era en cierto sentido, desde el punto de vista de los terroristas, accidental). La primera cuestión es, por tanto, ¿consiguieron con sus ataques sembrar el terror entre los estadounidenses y cambiar con ello su comportamiento?

      Si se lee The New York Times del 12 de septiembre de 2003, lo que sin duda ni Osama bin Laden ni George W. Bush hicieron, uno estaría tentado de decir que sí, que los ataques tuvieron éxito porque cambiaron el comportamiento de las personas atacadas de una forma que, para Osama bin Laden, es una victoria. Estados Unidos solía ufanarse de ser una sociedad abierta, en la que la gente podía ir a su antojo adonde le pareciera, un país que acogía con gusto a visitantes e inmigrantes, en el que la policía no era opresiva y en el que la gente corriente no tenía miedo.

      ¿Qué encontramos en las noticias del mentado periódico?

      Hay una historia de Reuters titulada "La seguridad en torno a la embajada estadounidense tensa las relaciones con Berlín". Comienza así: "La estricta seguridad que ha aislado la embajada estadounidense del resto de Berlín y ha paralizado lo que en otro tiempo era un animado lugar en el corazón de la capital alemana, evoca un estremecedor recuerdo de la guerra fría. Vallas de 3 m de alto, enormes barreras de hormigón, guardias con ametralladoras y vehículos acorazados han convertido la calle donde se ubica el edificio de cinco pisos de la Embajada en una zona de guerra, molestando a los comercios y automovilistas". Prosigue explicando el gran enfado de los berlineses, las discusiones con el ayuntamiento de la ciudad sobre la extensión del cordón en torno a la embajada, y el hecho de que ni la embajada británica ni la francesa han sentido la necesidad de instalar semejantes medidas de seguridad. La historia termina citando la impresión de un turista holandés: "No sé si tiene que haber tanta seguridad aquí. Parece un tanto excesiva. Le hace a uno sentir que no es libre".

      Las segunda historia se titula: "Viajeros en tránsito molestos por nuevas reglas", y detalla las consecuencias de la exigencia del gobierno estadounidense a muchas personas de otros países, que simplemente cambian de avión en un aeropuerto estadounidense, de obtener visados por adelantado, incluso si no van más allá de la sala de espera. ¿Quiénes son esas personas? Bueno, brasileños que vuelan a Japón pasando por Nueva York, o costarricenses que vuelan a España pasando por Miami. También habla el artículo de los centroeuropeos que llegan como turistas a visitar Estados Unidos, del excesivo coste y tiempo para adquirir el visado de turista en Eslovaquia, del dilema en que se ven los checos al responder a las preguntas de los cónsules estadounidenses sobre el servicio militar, porque al parecer la ley checa criminaliza a quienes lo eluden... Una agencia de turismo checa ha decidido enviar a la gente, en lugar de a Estados Unidos, a Canadá, donde no sólo no hay problemas con el visado, sino que el gobierno canadiense ofrece su ayuda para la planificación del viaje.

      La tercera historia se titula: "Los cooperantes voluntarios abandonan Iraq, temiendo convertirse en blanco de los atentados". En el mismo momento en que Estados Unidos pide al mundo que le ayude en su reconstrucción de Iraq, "la gran mayoría de los cooperantes extranjeros, temiendo haberse convertido en blancos de la violencia, han abandonado silenciosamente el país durante el mes pasado, dejando lo más duro del trabajo a sus colegas iraquíes y frenando el esfuerzo de reconstrucción". Eso se debe a que son estadounidenses, o los confunden con estadounidenses, o aparecen asociados en la mentalidad iraquí a la autoridad ocupante estadounidense. Así pues, incluso si son franceses, temen ser confundidos con estadounidenses .

      Ninguna de esas tres historias cuenta nada demasiado importante. Pero las tres juntas, dos años después de los ataques del 11 de Septiembre, indican que la situación está lejos de estar controlada desde el punto de vista estadounidense. Estados Unidos ha tenido que refugiarse tras barreras de seguridad: tras muros de hormigón en torno a su embajada en Berlín, creando obstáculos al turismo extranjero en sus aeropuertos, y en Bagdad perdiendo a los cooperantes civiles y poniendo a su propia gente tras otras murallas de hormigón. Sin duda algunas, y aun todas esas medidas de seguridad, están justificadas por los peligros existentes. Pero de eso precisamente se trata. Eso era lo que Osama bin Laden esperaba y deseaba que sucediera.

      Es una victoria para él, porque vivir tras muros de hormigón es ante todo una severa limitación de la libertad de quienes tienen que hacerlo, y en segundo lugar porque vivir entre tales muros alimenta un ambiente de temor y asedio que inevitablemente afecta al comportamiento en los propios Estados Unidos y en el extranjero. Supongo que si se presenta este análisis a funcionarios de la administración Bush, responderán que se supone que la "guerra contra el terror" acabará con ese estado de miedo y asedio, eliminando su origen. Pero uno tiene derecho a preguntarse, tras leer los informes de los periódicos, si esa "guerra contra el terrorismo" ha sido muy eficaz y si la administración Bush ha hecho efectivamente lo que tendría que hacer para eliminar la fuente del miedo. El hecho es que en el momento actual el temor crece, no disminuye. A nosotros nos incumbe preguntarnos por qué.

      Immanuel Wallerstein (15 de octubre de 2003).


      © Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.

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